Elizabeth, me recuerda a un campo de lavanda, tan colorido, tan intenso, tan sublime, pero a la vez delicado como cada una de sus flores que lo componen, casi como una niña sensible y frágil. Bajo el manto del Sol, ella ha demostrado su voluntad de hierro, entre las tinieblas nadó entre sombras frías y lúgubres imponiéndose sobre ellas, son sudor, sangre y lágrimas salió adelante. Ella no es solo un ser fuerte, también es uno muy inteligente. Tiene talento cognitivo y manual, sus manos crean y su mente se alimenta de conocimiento. Es lo más cercano a una diosa en términos poéticos. Por otro lado, la niña sensible convierte en mujer, una mujer intensamente apasionada, entregada, que genera deseos incontrolables a través de su voz, palabras y respiración. En su imponente forma de ser, entrega calor y cariño, dulzura en ese fuego místico. Protege con sus brazos y da placer con sus piernas. Aunque no es solo locura lo que entrega, también enseña, instruye un vasto conocimiento general que es magnífico escuchar todo lo que transmite su conocimiento cognitivo.